Hace unos días caminando por las calles de
Iquitos me pasó algo que es común a muchas mujeres en el Perú y el mundo. Un
hombre de más o menos 35 años me detectó a lo lejos, cambió su rostro de hombre
corriente y se convirtió en el “piropeador”, posicionó su cuerpo
estratégicamente para estar lo más cerca a mi, y de ahí vino el: “Mamacita qué
rica estás” con el repugnante tono que acompaña a este tipo de comentarios.
Por su mala suerte o simplemente suerte, el día me estaba preparando para
verbalizar mi bilis, así que paré y sin pensarlo vomité lo siguiente: “Lo que
acabas de hacer se llama acoso sexual maldito imbécil”, y seguido de eso mi
brazo y puño izquierdo generaron un movimiento irracional, inconciente pero
voluntario y le metí un puñetazo en el cuello, al mismo tiempo que mis pies
emprendían la ruta que el engendro este había interrumpido. Llegué a mi casa, y
tenía una sensación fea producto de mi inesperado puñetazo, sabía y se que “las
cosas no se resuelven con violencia”, así que no estaba tan orgullosa.
